lunes, 15 de septiembre de 2014

RECORDANDO LA CATÁSTROFE DE SONDIKA. (87)
SONDIKA (Bilbao) 19-2-1985
En estos días se han reabierto las heridas de aquellas 148 familias que también perdieron a un ser querido, pasajero del vuelo 610 de Iberia, el 19 de Febrero de 1985, penúltimo siniestro aéreo en suelo español.
El 19 de Febrero de 1985 (martes de carnaval) se produjo el mayor accidente de la aviación comercial (hasta entonces, en España) sucedido en Bilbao. Sin supervivientes, mueren los 148 ocupantes del vuelo 610 de IBERIA
Los hechos habían sucedido de la siguiente manera:
08:51 El "Alhambra de Granada", un Boeing 727 de la compañía IBERIA, despega del aeropuerto de Madrid Barajas con destino a Bilbao – Sondika.
09:25 El boeing pilotado por el comandante José Luis Patiño, entra desde el mar cantábrico, pasa por encima del aeropuerto (antigua terminal) y se prepara para realizar la maniobra de aterrizaje. Segundos después, cuando sobrevolaba la localidad de Amorebieta se pierde la comunicación con el aparato.
09:27 El avión se estrella contra la cara sur del monte Oiz. Según las investigaciones oficiales, al chocar el tren de aterrizaje con el repetidor de Euskal Telebista. Testigos presenciales declararon que, después de tocar con el tren de aterrizaje, continuó volando envuelto en llamas y rozando la copa de los árboles hasta que se precipitó en el barranco de Iru Eureka. Una gran explosión puso fin al vuelo del "Alhambra de Granada”, pereciendo los 7 tripulantes y los 141 pasajeros.
09:45 Se despliegan los helicópteros desde el aeropuerto de Sondika y, una vez localizado, intervienen más de 700 voluntarios en las labores de rescate.
Las imágenes que vieron los primeros en acceder a la zona de la catástrofe superaban -decían- la dosis de horror que una persona es capaz de soportar: "Cuerpos humanos destrozados, esparcidos, rotos; cabezas reventadas y paquetes intestinales colgando de los árboles”.
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La laboriosa recogida de los cuerpos despedazados de los 148 ocupantes del vuelo 610 de Iberia comenzó sobre las tres de la tarde, una vez que el juez de Durango lo autorizó. Entre miembros de la Er-tzaintza, Guardia Civil, DYA, Cruz Roja, Protección Civil y voluntarios más de 700 personas, 150 de ellas dedicadas a la búsqueda de las víctimas y localización de posibles supervivientes trabajaron en las labores de recuperación de restos. Así, a las 19.00 horas de ese mismo 19 de febrero, siete helicópteros hacían su entrada en el viejo recinto del cuartel de Infantería de Garellano portando las 70 cajas donde se encontraban los restos rescatados en el lugar del accidente.
Igual que el miércoles pasado en Madrid, tuvieron que improvisar una morgue en el antiguo cuartel de Garellano, que desplazó el epicentro de la catástrofe desde las laderas del Duranguesado al centro de Bilbao. Poco se podía hacer allí, pues sólo se rescataron seis cuerpos relativamente completos. Las identificaciones se realizaron por los datos que iban aportando los familiares. En aquel entonces la ciencia forense era veintitrés años más joven que hoy y los restos de nueve personas quedaron sin nombre. Nueve personas cuyos restos mortales reposan para siempre en el cementerio de Derio; entre las cuales están los de un supernumerario del Opus Dei (Gregorio López Bravo, ex ministro de Industria y de Asuntos Exteriores) quien con López Rodó y López de Letona, junto al almirante Carrero Blanco habían formado ese equipo que llevó a cabo el despegue económico del Régimen de Franco.
Dos días más tarde la Basílica de Begoña acogió una multitudinaria misa-funeral en la que monseñor Larrea calificó el accidente como «la catástrofe involuntaria más cruenta en la historia vasca». Aún hoy así se recuerda.
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En aquel vuelo 610 de Iberia viajaban personajes muy conocidos entonces. Además de López Bravo, y junto a él, viajaba el investigador bilbaíno, pionero en la “fecundación in Vitro”, Dr. José Ángel Portuondo, y el Ministro de Trabajo de Bolivia, Gonzalo Guzmán, quienes, en compañía de muchos empresarios, habían madrugado para visitar varias empresas bilbaínas.
Los que habían madrugado, perecieron. Los “perezosos” y quienes (¡por lo que fuere!) cancelaron su billete a última hora, se salvaron: Entre éstos, el entonces portavoz del PNV en el Congreso, Marcos Vizcaya, y Francisco Fernández Ordóñez siendo Presidente del Banco Exterior, así como otra persona (¡un enigma!) de la que hablaré más adelante.
Las cajas negras habían recogido las exclamaciones de desesperación de los tripulantes ante una muerte cierta.
Después, cuando los ríos de tinta sobre el piloto y sus circunstancias se secaron, llegó una dura batalla legal entre los familiares de las víctimas e Iberia. Pese a que el piloto Patiño fue el único responsable a efectos legales, aún quedaba por delante una década de litigios que se cerró con una serie de indemnizaciones más o menos cuantiosas.
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Las especulaciones sobre ese desastre de aviación asomábanse en dos direcciones: Hubo quienes afirmaban que había sido un atentado de ETA mediante un misil SAM soviético. Esta hipótesis se sustentaba en dos hechos: El que uno de los motores del avión estaba totalmente destruido. Y, en segundo lugar, el hecho curioso de que alguien (quien fuese) había anulado su billete a última hora debido a un “aviso o llamada” especial.
La segunda hipótesis (la que prevaleció) hacía recaer toda la culpabilidad en el comandante piloto José Luis Patiño, un tanto aventurero y temerario -se decía-, expulsado de Iberia-Aviaco cuando la huelga de celo de los pilotos, un mes antes, y readmitido por sentencia judicial, dentro de muy agrias discusiones entre Luis Carlos Croissier presidente del INI y Espinosa de los Monteros, Presidente de Iberia. Un tema desagradable y no fácil de resolver por tratarse de un piloto que, además de ser un hombrón inmenso, se había formado en la Academia militar del Aire y era de familia aristócrata.
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Datos sin confirmar, balance de fallecidos cada vez más extenso y la constatación (lenta como una estudiada tortura) de la magnitud de la catástrofe. La publicación de la lista de pasajeros, a la espera de una cancelación de última hora, las llamadas a una centralita colapsada, y la crueldad de no poder identificar a un familiar, casi mayor que la de tener que hacerlo.
Un accidente de avión, especialmente cuando hay cámaras para documentarlo, es una tragedia colectiva que afecta a toda una sociedad por empatía con las víctimas.
Y porque pone de manifiesto lo fácil que es perder la vida en unos segundos, algo que a veces todos olvidamos con facilidad.
César R. Docampo
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http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2008/08/27/recordando-catastrofe-sondika-87-/ 2008-08-27T09:30:46Z César latabernadelosmares@yahoo.es

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