martes, 16 de septiembre de 2014

MIGUEL DELIBES, MARQUÉS Y MAR DEL PISUERGA...


MIGUEL DELIBES, MARQUÉS Y MAR DEL PISUERGA...
… INESPERADA AVENTURA A LAS PUERTAS DE VALLADOLID. ======================================= El espanto narrativo elucubrado por don Camilo José Cela en “La Familia de Pascual Duarte”, fue secundado por el tremendismo de “Nada”. Un tremendismo con corsé, especie de freno, tendido por el pudor femenino de Carmen Laforet. Así nacía el realismo intimista donde yo quiero situar a Miguel Delibes. Acabo de leer en El País de hoy “Carta a Miguel Delibes, de su editor” (Andreu Teixidor de Ventós). Entre otras cosas dice: “…y dejas un legado que no nos cansaremos de admirar, respetar y proteger”. Totalmente de acuerdo. … … … Miguel Delibes es seguramente el único escritor al que siempre se le viene acusando de escribir demasiado bien; mucho más estilista que novelista. Con toda mi admiración y respeto, sin embargo, permítanme unas cuantas consideraciones sobre la obra literaria de Delibes. En primer lugar, quiero decir que…, 1.- Desde el pesimismo de “La sombra del ciprés es alargada” hasta “Cinco horas con Mario” y “El Hereje”, Delibes recorre un camino largo y nada fácil. 2.- Su actitud imperturbable ante la vida, su prosa fría y remansada pero más honda que el agua de los ríos, hacen de él un escritor vanguardista y clásico a la vez. 3.- Mientras un Juan Goytisolo discurre desde individuos insociables hasta la protesta descaradamente politizada, Delibes pasa del subjetivismo fatalista a una “ataraxia” individual a ultranza. A un pesimismo romántico, sombrío y panteístico, poniendo en escena “un todo”, no precisamente a ese hombre individual del que se siente solidario. 4.- En “La sombra del ciprés es alargada” (novela escrita en plena juventud) Delibes no redime a su héroe, porque se da cuenta de que en la vida hay de todo; malo y bueno. Siempre las vidas (y también su comedia) son tan humanas como inhumanas, así de sencillo es la vida. Y si los rostros del western americano fueron John Wayne, Gary Cooper, James Stewart y RicharWidmark, el rostro de los personajes de Delibes no es otro que la reciedumbre campesina de sus mismos personajes. 5.- Comparando “La sombra del ciprés es alargada” con “Aún es de día”, se advierte en ésta una mayor desesperanza; hay más amargura, hay un “climax” mucho más deprimente. En “La sombra del ciprés es alargada”, el héroe nada puede hacer para rehuir su destino. Tiene que doblegarse a él. Sin embargo en “Aún es de día”, Sebastián pretende superar cristianamente lo negativo, pretende ser un optimista por más palos que le aticen; busca dar lecciones de caridad y mantener las apariencias de indiferencia frente al odio, aunque salga de la prueba amargado y deshecho. En Delibes, sobre todo…, Hay un afán doloroso de comunicación. Hay un hombre preocupado por conseguir la comunicación humana. Así lo intenta en “Mi idolatrado hijo Sisí” mediante el sentimiento de la paternidad. Lo que en el Sebastián de “Aún es de día”, eran taras físicas, en “Mi idolatrado hijo Sisí” son lacras morales. Rubes, el padre de Sisí es un botarate, un ser vacuo y vulgar. Y el tema más trágico de la narración nos lo sirve Delibes mostrando el afianzamiento de la personalidad incomunicante y agresiva de su hijo Sisí; en la ruptura paulatina de los lazos afectivos que le unen al progenitor haciendo fracasar todas las tentativas del padre. Por lo cual, cuando muere Sisí, el padre se desploma. Sus intentos fueron en vano y, desde ahora, su vida carecerá de sentido. Se acabó el Azar. Empieza la Necesidad. Así nos lo deja ver Delibes…, Parece como si el vínculo mismo de la sangre (por culpa del Azar) careciese de efectividad para hacer solidarios a los hombres. … … … Otro aspecto a tener en cuenta en la magnífica prosa de Delibes: Muchos de nosotros vemos en los personajes de Miguel Delibes simples caricaturas. Él mismo llegó a admitirlo, como si se tratase de un axíoma en el sentido de que toda caricatura lleva en sí un contenido trágico. Los personajes en la obra de Delibes son marionetas donde el humor (lo mismo que en la Commedia dell’Arte) enmascara la tragedia: -Los personajes creados por Delibes cultivan todos lo misántropo. Es una necesidad interior. -Intentan asociarse, repiten siempre los mismos gestos, las mismas actitudes de sus predecesores. -Son seres con un repertorio vital muy limitado. Su envaramiento les convierte en personajes acartonados. -Nunca salen de su ambiente provinciano; siempre donde más a gusto se encuentran es en su aldea, que es otro mundo. -Son siempre un reflejo del propio Delibes, ese caminante ligero de equipaje que nada admite “a priori” y que con nada se identifica si no tiene un contenido humano. -Así lo vemos en “Europa, parada y fonda” (1963), “Un novelista descubre América, USA y yo” (1966), “La Primavera de Praga” (1968)…, viajando a todas partes sin quedarse en ningún lugar; descubriendo sólo para sí mismo sin cerrar nunca su periplo; entrando constantemente en un mundo enorme, fascinante como es el de los Estados Unidos, pero siempre sin perder el YO. … … … El universo de Delibes es un cosmos cerrado y unilateral. Como los universos de Valera o Pereda, sin olvidar nunca que en Delibes su belleza y su estilo le confieren un tinte de universalidad. El amor a lo castizo y al castellano viejo denuncian el peso enorme del realismo decimonónico, como también ocurre en aquellos grandes personajes de la narrativa universal, personajes tan “monomaníacos” (desde Don Quijote, Don Juan o la Celestina, hasta Mr. Pickwick, Aliosha o Madame Bovary), seres enrocados y encastillados en sí mismos en lugar de ser esponjas maleables o influenciables por el ambiente. Ante ese gran pórtico… Hemos de decir que el novelista Delibes se sirve de una estética menor, cargada de “manías”, de giros y latiguillos que acartonan a sus personajes. El propio nombre ya prefigura una postura vital reduciendo las posibilidades de su portador: el cazador caza; el ratero va de ratas; el vejete Eloy se aconchaba con Desi (“La hoja roja”, 1959). Las manías acartonan, sí, pero también definen en profundidad a un personaje. Y el “camino” indica esas líneas paralelas (personales) tan del gusto del autor. Si Cervantes hubiese insistido mil veces en la locura de Don Quijote, en lugar de dejarle actuar por su cuenta, lo habría envarado. El lector de Delibes comprende al momento cómo los personajes saben desde el principio a qué atenerse; el lector sabe que en ningún caso van a evolucionar, pues van a seguir con los mismos antojos y rarezas. Y así irán tirando por la vida. Si en algo evolucionan, lo harán hacia adentro, refugiándose en su soledad y en su hermetismo cuando fracasa el afán de ser comprendidos por el prójimo. Otro dato curioso…, En todas las obras de Delibes el amor desempeña un papel secundario, lo mismo que en Baroja. Exceptuando “Cinco horas con Mario” (donde una mujer vela el cadáver de su marido durante toda una noche, en un monólogo lleno de recuerdos hacia su marido), las mujeres apenas importan en las novelas de Delibes. En “La hoja roja”, Desi no parece una mujer viva y pimpante, sino una abstracción, un simple “calor” para el “apaño” que se busca el viejo Eloy, y a la que Delibes le presta la vida en una revuelta del camino. Tenía que ser así, porque… Si el amor, desde los tiempos de Adán y Eva, constituye el trampolín para trascender el yo y fundirse en los demás, prolongándose en los otros, conciliándose con ellos y con la vida, en Delibes el amor siempre queda inoperante, ironizado o disminuido. Miguel Delibes inventa seres huraños que andan solos por el mundo con un repertorio reducido. O cultivan la afición solitaria de la caza o, al mezclarse con los demás, monologan en vez de dialogar. Monologan acudiendo siempre al refranero y excluyendo las ideas. Ateniéndose a un sistema rígido de tabús, costumbres y ritos. Pero tengamos en cuenta que también en la cancha de los “escribidores”, cada cual es cada cual. En Delibes no busquen ustedes la sensorialidad andaluza ni la pomposidad de los sochantres gallegos resucitados por Cunqueiro. Miguel Delibes es de Valladolid, la ciudad española donde mejor se habla el castellano. A ello debe su virtuosismo y su prosa tan bien recortada, tan medida y eufónica, alcanzando calidades estéticas impresionantes. Delibes juega divinamente con el tiempo. Sabe cómo engañar a los lectores haciéndoles vivir un tiempo ilusorio. Si no nos lo hubiese traído el Pisuerga y hubiese nacido en el Oeste americano, Delibes tal vez habría sido otro Peckimpah, aquel director clásico rodando películas cuando los clásicos estaban más cerca de los asilos que de los “platós”. A eso le llamo yo la ilusión en el tiempo o tiempo ilusorio. Porque, si un paso en falso lo da cualquiera, siempre queda una esperanza: El río Pisuerga a su paso por Valladolid. Yo amo a Valladolid: A Berruguete, Juní y Gregorio Fernández; a la luz precisa que iluminó sus gubias, sus Cristos y Vírgenes de arrebatada belleza. Miguel Delibes caminó mil veces su ciudad; la conocía muy bien. Hace tan sólo tres días, con la escopeta al hombro y un libro bajo el brazo izquierdo, se nos fue a encontrarse con su esposa, con el Conde Pedro Ansúrez y con Dios. A su mujer la abrazó y besó sin antifaz, repetidamente; a Pedro Ansúrez le tendió la mano. Y a Dios, el libro que llevaba debajo del brazo izquierdo, con su dedicatoria: “A Vos, Señor Dios Nuestro, he aquí mi vida, el “Diario de un cazador”. Descanse en paz Miguel Delibes. Desde mi Pensión Avenida, César R. Docampo
http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2010/03/16/miguel-delibes-marques-y-mar-del-pisuerga-/ 2010-03-16T06:04:08Z
César latabernadelosmares@yahoo.es

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