lunes, 15 de septiembre de 2014

LAS ZAPATILLAS ROJAS.-

"LAS ZAPATILLAS ROJAS".
Ortega y Gasset en el “Elogio del Murciélago” se lamentaba de que no existiera un espectáculo especialmente apto para la sensibilidad de nuestro tiempo. Por lo cual se sentía atraído por la fabulosa plasticidad de los “ballets” rusos, algo así como un teatro para ser “visto” más que para ser “oído”. El hombre, cuando está alegre, danza. Pero la danza puede expresar muchas más cosas que la alegría. Hay danzas de impetración, danzas de plegaria, de gratitud, de amor, de temor, de tristeza..., objetivando siempre los sueños del bailarín: Liberarse de la ley de la gravedad. Traslaticiamente, liberarse del cuerpo, trascender toda materia, ser y sólo ser ALMA. Es decir, MORIR en cuanto al cuerpo aquí y ahora, para VIVIR en otro lugar, volviendo las espaldas al Reino de las Mentiras y los Engaños. Recuerdo que yo vi “Las Zapatillas Rojas” en el cineclub del SEU de Madrid, unos meses antes de aparecer por Campillos, cuando preparaba el examen de ingreso en la Escuela Oficial de Cine para cursar dirección cinematográfica. Recuerdo también cómo, a veces, en los inicios de mi relación con Ascensión Padilla Recio, le decía “mi Ludmila Tcherina”. . . . Ayer estuve en Campillos, entré en el cementerio y al pie del panteón, recordé “Las Zapatillas rojas”, imaginando un cuerpo sin alma dentro del sudario blanco. Uno más entre los cientos o miles que reposan en el camposanto de Campillos, un recinto que yo he visitado muchísimas veces. Porque es el cementerio donde se eterniza la VERDAD de las gentes, como si fuera una película enlatada, a modo de "Zapatillas Rojas" y su carga de presagio y sinceridad. “Las Zapatillas Rojas” no es sólo cine, no es sólo ballet. Es una obra llena de plasticidad, de misterio, de magia, de emoción y belleza. No sólo hay luz, color y ritmo, igual que en aquellas otras películas (como por ejemplo “Invitación a la Danza”, o “Los Cuentos de Hoffmann”). En “Las Zapatillas Rojas” toma dimensión un espléndido mensaje, una Gran Verdad, al mostrarnos la necesidad de saber anteponer, a todas las vocaciones, la primera vocación, la principal, la más humana de todas: El AMOR. La trama es muy sencilla, en paralelismo con el breve cuento de Anderssen (“La Zapaterita prodigiosa”, así se titula en las ediciones españolas): Una muchacha de la buena sociedad londinense desea ser “ballerina” profesional. Conoce a un famoso productor y director de ballet y, al mismo tiempo, a un joven músico que ha sido plagiado por un “santón”. El Director comprueba la veracidad de la vocación de la muchacha y decide hacer de ella una gran artista. Pero su exigencia es brutal: Deberá dejar de ser humana, deberá renunciar al amor, al hogar y a los hijos. Vivirá sólo para la danza. Cuando la muchacha se enamora del joven músico y por este amor sacrifica su carrera, el director se impacienta, se enoja y se siente dolido en el sentido de posesión artística. Al final, vestida de bailarina con sus zapatillas rojas, lo mismo en el cuento que en el ballet, la joven se encuentra con la muerte. Algo así, sin acontecer nunca, acontece siempre en la vida de cualquier mujer. . . . Lo primero que advertimos en “Las zapatillas rojas” es el deseo de conducir toda una acción argumental hasta el máximo “climax” estético, baile y coreografía dirigidos por la batuta de Leonide Masine, discípulo de Diaghilev y de Sergio Lifar. Así se comprende cómo la bailarina rusa Ludmila Tcherina, en tan sólo 20 minutos de ballet, condensa toda una historia, desde que la muchacha se calza las zapatillas en un ambiente de fiesta pueblerina, hasta que el tiempo termina con todas las cosas. Ayer, frente a un panteón del cementerio donde resposa el cuerpo inerte de mi “Ludmila Tcherina”, como si en adelante yo tuviese que dedicarme a vender caramelos, me hacía preguntas: ¿Por qué una mujer joven tuvo que encontrarse tan de prisa, tan prematuramente con la muerte? ¿Por qué la muerte antes de tiempo? No haré más preguntas. No quiero ser golondrina dicharachera parloteando a sus anchas en los aleros de un tejado. En los giros del lenguaje usual que condensan atisbos milenarios existen veneros de psicología sumamente certera... Tómese cualquier libro místico (de la India o China, alejandrino o árabe, teutónico o español), siempre se trata de un caminar a nuestro origen, de un itinerario hacia Dios. Aunque para nosotros los propósitos de la Naturaleza quedan superlativamente arcanos. Y pienso yo que, si el papel de una mujer ante su hombre (en la mecánica de la historia) se traduce no en despego hacia lo mejor, pero sí en fuerza retardataria frente a la turbulenta inquietud del alma masculina..., entonces..., ¿cómo será ese hombre cuando le falte su mujer? ¿Soledad a secas? ¿Carencia omnímoda? ¿Existencia vacía? No sé explicarlo. Sólo sé que no sé nada. Y yo que me creía que la muerte hasta podría tener su atractivo, bajo la creencia de que sería atravesar una puerta (la última) para iniciar la conversación confindencial con Dios sobre los sucesos de nuestra vida. ¿Por qué no nos enseñan los trucos de la muerte? ¿Será verdad lo que afirmaban los antiguos griegos (linces para tantas y tantas cosas), cuando decían...? : No debemos temer a la muerte..., pues, mientras nosotros somos, la muerte no es. Y cuando la muerte es, nosotros no somos. Quiero volver a ver "Las Zapatillas Rojas" y saber que vive, que no se ha muerto "Ludmila Tcherina". César R. Docampo

http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2009/05/31/-las-zapatillas-rojas-/
2009-05-31T16:41:56Z
César latabernadelosmares@yahoo.es

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