sábado, 20 de septiembre de 2014

LA PENICILINA Y EL ESTRAPERLO, ACABADA LA GUERRA CIVIL...


LA PENICILINA Y EL ESTRAPERLO, ACABADA LA GUERRA CIVIL.
...UNA RED DE INTERESES CRUZADOS. ============================ Karbrandan escribió:
"MI PADRE" La historia tan interesante del Dr. Fleming que César Docampo nos ha traído a la "Taberna de los Mares", me ha llevado a mi niñez, al lugar donde nací, a una de las torres de Hércules, a la Perla del Mare Nostrum como dicen los caballas, a la ciudad de Ceuta. Mi ancestro era militar perteneciente al Cuerpo de Sanidad Militar y en aquellos años la penicilina solo existía en los cuarteles y botiquines del Ejército y por supuesto en las faltriqueras de mi padre tomadas sin permiso. La penicilina se comerciaba de contrabando y era un producto de la farmacopea, muy lejos de ser asequible por la gente humilde de Ceuta; los pescadores y marroquíes. Tengo muchos recuerdos de la niñez de Ceuta, de ver muchos ataúdes blancos de niños, morían por cualquier fiebre y por falta de penicilina. Era típico en mi padre al ser entonces el más pequeño de cuatro hermanos, ya que el último nació en Madrid, de invitarme mi padre a sus paseos entre las cábilas morunas donde un legionario no se atrevía a entrar en aquellos callejones estrechos, con mil ojos berberiscos acechándote desde las sombras y ventanucos y en esos lugares extraños, mi padre andaba como en casa y lo recibían como a un rey beduino. Siempre vestía de traje y corbata, sin faltarle aquel maletín, cuyos utensilios que portaba en el interior; jeringuillas, agujas de mil tamaños y otros cuencos metálicos donde hervía su útiles, yo los odiaba cada vez que enfermaba. Pero le acompañaba, solo de pensar en aquellas tortas de anises que junto al té con hierbabuena, nos daban con hospitalidad por la labor humana que hacía mi padre con aquellos niños pobres, y de la misma forma, lo hacía con los hijos de los pescadores españoles. De niño no percibía el gran peligro que corría mi padre en aquella época franquista; mi padre robaba la penicilina al Ejército, para evitar la muerte de aquellos niños. De mayor más de una vez le pregunté, cómo se atrevía en aquellos años robar la penicilina del botiquín y por respuesta, solo sonreía y presumía contestando que alguna vez le pagaron. Alguna vez, y cuantas veces salvó aquellos infantes y cuantas veces corrió el riesgo de entrar en un penal militar. Hoy sus restos o sus cenizas, reposan esparcidas en el jardín del nuevo cementerio de San Fernando, en su jubilación se fue a su lugar de nacimiento, a su Cái, como cañailla de San Fernando. Aunque yo le hubiera hecho una estatua en Ceuta, se lo merece, al evitar llenar el cementerio de Ceuta de niños. Solo pienso en aquellos ataúdes pequeños y blancos, y me apena que aquellos angelitos no les dio tiempo a conocer al practicante, aquel caco y ladrón que robaba la penicilina al Ejército español de Franco, que su gran afición no era la medicina, era el séptimo arte y escuchar los tangos de Carlos Gardel. Siempre que escucho; "Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver, no habrá más penas ni olvidos", me acuerdo de él, y lo veo con su traje y con su inseparable maletín. Papá, yo nunca te olvidaré. Saludos".
Hasta aquí "Karbrandan"
================= En cierta ocasión, una persona de Madrid nos contó que un familiar suyo, acabada la guerra civil, se había muerto de una enfermedad que, entonces, solamente podía curarse con penicilina; antibiótico que, en Madrid, se conseguía de contrabando en un único lugar y a un precio escandaloso. ¿Dónde? En la Gran Vía. En la Gran Vía de Madrid había y sigue habiendo un “museo”, frente a ese espacio comprendido entre el Cine Avenida (Sala de fiestas Pasapoga) y la lotería de Doña Manolita. Ese lugar (hoy Museo Chicote), en 1931, ya era un negocio tocado por la fortuna, al estilo de aquel “Floridita de la Habana” popularizado por Heminway en los años 30; o el “Moulin Rouge” de París, muy famoso, encumbrado con los pinceles de Toulusse Lautrec. Si hoy van ustedes a Madrid, se acercan por La Gran Vía y entran en ese “Museo”, podrán sentarse en los mismísimos sofás que usaron Grace Kelly, Ava Gardner, Bette Davis, Liz Taylor, Joan Crawford, Rita Hayword, Sofía Loren, Gina Lollobrígida, la Princesa Soraya, Giulietta Masina, y muchas más. Un lugar glamouroso y canalla a la vez, que aún hoy mantiene el mismo fondo musical de tipo Lounge, pero ya no aquel cosmopolitismo en su época dorada de los cócteles. Laurence Olivier, Errol Flynn, Alec Guiness, Vittorio de Sica, Gary Cooper, Cantinflas, Orson Welles, Jorge Negrete, Tyrone Power, James Stewart, Yul Bryner, Gregory Pek, también LA VOZ (Frank Sinatra), y muchos muchísimos más, pasaban sus noches de juerga en aquella joya Art Deco de la Gran Vía de Madrid. Al patrón de ese galano y frondoso lugar le llamaban “El Velázquez de los cócteles”. Coleccionaba botellas de todas las marcas de licores. Tenía botellas procedentes de las bodegas del Zar de Todas las Rusias; botellas de las bebidas probadas por Napoleón Bonaparte y la Emperatriz Josefina; la botella que había llevado Neil Armstrong en su viaje a la Luna. Etc., etc. En total sumaban 18.000 botellas de todos los licores. Y ahora perdónenme ustedes que me sitúe más allá de los tópicos y más acá de todos los prejuicios, como si yo fuera un canario guanche regresando a las cavernas de Tindaya, en Fuerteventura; a la cueva de las maravillas, a la caverna de Alí Babá y su ejército de ladrones. Un lugar trenzado de orgías e intereses, porque algo así resultaba ser aquel “Museo” Perico Chicote. Muchos de aquellos “grandes” personajes que habían pasado por Perico Chicote, habían deseado llevarse una botella de recuerdo, pero nadie lo consiguió. Nadie, excepto uno: El padre de la penicilina, el Dr. Alexander Fleming. De entre las 18.000 botellas que sustanciaban aquel Museo de la Gran Vía de Madrid, Perico Chicote le regaló al Dr. Fleming la botella que Neil Armstrong había llevado consigo a la Luna, sellando entre ambos un trato “canalla”: “Do ut des” (“te doy para que me dés”). -Le regalo esta botella que viajó a la Luna -exclamó Perico Chicote. -Y yo a usted -añadió el Dr. Fleming-, le entrego la exclusiva sobre la venta de la penicilina para todo Madrid. ¡Un negocio macanudo! Negocio de posguerra civil que se llamaba estraperlar Y, porque a aquel familiar de Mari Carmen, la mujer de Ricardo Medina, saliendo de una guerra no le alcanzaba el dinero... se murió. Al cementerio de la Almudena de Madrid, llegaban todos los días entre cinco y diez cajas blancas con los cuerpecitos de aquellas criaturas a cuyos padres no les había alcanzado el dinero para saciar la codicia de Perico Chicote. ... ... ... “Solo pienso en aquellos ataúdes pequeños y blancos (escribe “Karbrandan”) y me apena que aquellos angelitos no les dio tiempo a conocer al practicante, aquel caco y ladrón que robaba la penicilina al Ejército español de Franco, que su gran afición no era la medicina, era el séptimo arte y escuchar los tangos de Carlos Gardel. Siempre que escucho; “Mi Buenos Aires querido”, cuando yo te vuelva a ver, no habrá más penas ni olvidos",... me acuerdo de él, y lo veo con su traje y con su inseparable maletín. Papá, yo nunca te olvidaré”. César R. Docampo.
http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2011/02/08/la-penicilina-y-estraperlo-acabada-guerra-civil-/ 2011-02-08T14:21:33Z
César latabernadelosmares@yahoo.es

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