domingo, 14 de septiembre de 2014

Dios, ¿dónde estás?
Hace algo más de cuarenta años, la casa Gallup realizó una encuesta, entrevistando a más de dos mil personas, desde un cardenal de la Iglesia Romana hasta una vendedora de pipas de Tel Aviv, con un solo item: ¿Qué es, para usted, Dios? Las respuestas, como es lógico, se dispararon formando un espectro curioso:
Un físico atómico americano dijo: “Dios, de ser algo, es el Hidrógeno”. Y un portero griego respondió diciendo: “¿Dios...? Me lo imagino como un anciano de barba blanca que nos está espiando para castigarnos”. Y añadió: “No sé si ésta es la verdadera o falsa imagen de Dios, pero es la única que me han enseñado”. . . .

Aquel pensador cristiano y académico de Francia, Jean Guitton, fue considerado por muchos como el último gran filósofo seglar. Sabio y magnífico expositor de ideas, encarnó, como muy pocos en este siglo, la posibilidad de vincular la fe y la cultura; la posibilidad de evitar ese divorcio que en opinión de su amigo el papa Montini es el que caracteriza a la época actual. El escritor francés Jean-Jacques Antier, autor del libro de conversaciones con Jean Guitton, que lleva por título El libro de la sabiduría y las virtudes reencontradas”, le hizo la siguiente entrevista: JEAN-JACQUES ANTIER.- ¿A dónde va la humanidad? JEAN GUITTON.- Está en la vigilia de una transformación decisiva. Los pesimistas piensan que va hacia una autodestrucción general. La supervivencia de la vida humana no está asegurada por anticipado, pues el progreso moral y espiritual no ha ido al mismo paso que el técnico, material e intelectual. JJA.- ¿Y esto le asusta? JG.- Me interroga. Asistimos a una aceleración exponencial del saber, en todos los campos. Un hombre por sí solo, sentado ante su ordenador, podrá acceder a la totalidad del saber. La humanidad se encuentra ante una situación con la que nunca se había enfrentado. No sabemos qué nos espera y no tenemos modelos para afrontar este peligro. Nos queda poquísimo tiempo para prepararnos. Entramos con los ojos cerrados en un tiempo metafísico. Nadie quiere oír hablar de esto. Prefieren quedarse en las que Pascal llama soluciones del divertissement (del divertimiento). JJA.- ¿Y su respuesta a la pregunta: a dónde va la evolución? JG.- Constatamos que lo vivo se desenvuelve hacia una complejidad creciente, acompañada, en el hombre, de un despertar y engrandecimiento de la conciencia. Soy de los que piensan que la consciencia culmina con la experiencia mística. JJA.- Los sabios sugieren para el progreso hacer un alto para permitir a la conciencia moral recuperar su retraso. JG.- ¿Pararse? Imposible, porque no todos tienen de todo. Ya no navegamos sobre un río ancho y tranquilo. Se ha convertido en una estrecha corriente entre dos altas orillas, sin posibles vías de escape. Cerramos los ojos y los oídos. Pero los más atentos escuchan ya el estruendo ensordecedor de la cascada, el Niágara hacia el que el río Vida se está precipitando. JJA.- ¿Usted lo oye? JG.- Los signos negativos abundan. Muestran la necesidad de un cambio. Las desigualdades, la incapacidad de la sociedad, que pretende ser la más avanzada del mundo, de asegurar trabajo a sus jóvenes; las ciudades inhumanas rodeadas de periferias desesperadas; la desintegración de la familia, la degradación de las costumbres, la corrupción de las administraciones, la violencia, el racismo, el odio. Es significativo que la automatización, progreso material decisivo, produzca, cuando va bien, una mayoría de personas atiborradas y embrutecidas por la televisión y, cuando va mal, marginados, potenciales rebeldes, drogadictos y delincuentes. La excepción es una pequeña minoría que ha sabido conservar y desarrollar los verdaderos valores. JJA.- Ante la muerte. ¿Qué sabe usted de la muerte? JG.- Sé lo que sé y lo que creo. ¡Conocemos tan poco el hecho de la muerte! Porque todos lo experimentan, pero nadie ha podido comunicar su experiencia. Ésta es la paradoja de la muerte: tan común, tan cercana, tan vista desde fuera, pero en el fondo ininteligible, intraducible, secreta. JJA.- Muchos están angustiados por ella... JG.- ¿Y si fuera sólo el recuerdo del miedo a nacer? Numerosos testigos me han dicho que la muerte no es un momento de angustia, sino de calma y de paz. El mundo se atenúa, se borra. La impresión es de que otro mundo está naciendo. Un asentimiento a lo que aún no ha llegado. He comprendido que es más alto que vencer o vivir: es entregarse. Claudel habla de esta alegría que se encuentra en la última hora. Y yo soy esta misma alegría y el secreto que no puede decirse. Marguerite Yourcenar me decía que la muerte le parecía como una consagración, de la que solo los más puros son dignos: muchos se descomponen, pero pocos son los que mueren. La desaparición del cuerpo pone mejor de relieve esta imprevista coincidencia de nosotros mismos con lo que somos en esencia: el espíritu. Éste es el fondo del misterio de la muerte. JJA.- ¿Alguien habló de voluptuosidad? JG.- La Fontaine: muerte y voluptuosidad se han mirado a la cara: estos dos rostros eran uno solo. Teresa de Avila, que tenía alguna experiencia de los estados de separación de cuerpo y del alma, decía que la muerte debía parecerse a un rapto. JJA,- ¿Qué sucede después de que la tumba se ha cerrado sobre el cuerpo? JG.- El alma subsiste. El espíritu. El ser solo, el yo profundo no ha sido abolido, vive misteriosamente. E incluso está más vivo que cuando nosotros vivíamos. JJA.- Usted lo cree, ¿no es cierto? JG.- Yo lo sé. Si no, no sería un misterio, sino un absurdo. Nunca he dudado entre el absurdo de la negación y el misterio del sí consciente al amor. La muerte es un nuevo nacimiento que todas nuestras capacidades, nuestros deseos, permiten intuir.

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Y, a ustedes, amigos míos, ¿le sugieren algo estas cavilaciones? Por favor, exprésenlo. Muchas gracias.

César R. Docampo












http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2007/08/20/dios-donde-estas-/ 2007-08-20T09:52:46Z César latabernadelosmares@yahoo.es

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