martes, 23 de septiembre de 2014

MOMENTOS EN LA TEOLOGÍA DE LA MUERTE DE DIOS.


MOMENTOS EN LA "TEOLOGÍA DE LA MUERTE DE DIOS" SEGUNDA PARTE. ______________
“La Muerte de Dios” es un titular impresionante. Un titular retórico, quizás afrentoso o vejatorio.
Y esto, ¿cómo?
Permítanme, si les parece, la siguiente introducción.
El filósofo danés y existencialista Sören Kierkegaard, en 1849 publica su obra “Krankheit zum Tode” (“Enfermedad de muerte”) donde dice: “En cualquier caso, ningún hombre ha vivido ni puede vivir fuera del Cristianismo sin caer en la desesperación”.
Pascal, en su obra “Pensées” (=Pensamientos), no nos habla de la muerte de Dios, sino del “Dieu perdu”, es decir, de “l`éloignement de Dieu” ( el “alejamiento de Dios”), como consecuencia de la corrupción de las Naturalezas Humanas. Y, según Pascal, de esta corrupción, se sigue el “ocultarse de Dios”.
Y, aludiendo a la frase de Pascal un “Dieu perdu”, el joven Hegel en su obra “Fe y Ciencia” escribe: “Dios mismo ha muerto”, como si nos señalara el sentimiento en que descansa la religión de los tiempos nuevos, entendiendo este sentimiento, es decir, “este dolor infinito”, como un “Viernes Santo especulativo”; un Viernes Santo donde la “crudeza de la ausencia de Dios” quedaba en sí misma referida a la necesidad de una Resurrección grandiosa. Luego “Dios ha muerto” no es para Hegel otra cosa que un enunciado dialéctico en conexión con lo que él mismo llamaba “filosofía de la subjetividad”.
Ochenta años más tarde, en la obra de madurez de Nietzsche “La gaya ciencia” (1882), aparece la expresión “Dios ha muerto”, no como si fuera un enunciado, sino un grito; no como un momento de la Idea suprema, sino como “este monstruoso acontecimiento”. En “La Gaya Ciencia” encontrarán ustedes el discurso, o mejor aún, aquella arenga de un hombre “loco”, construida casi toda con gritos e interrogantes, en una mezcla o sucesión precipitada de unos y otros. He aquí esa arenga de un loco.
Les invito a que lean estas frases tan salvajes como impresionantes, escritas por F. Nietzsche, a finales del siglo XIX, ideas que saltan más allá de la pudorosa penumbra de una conferencia, (un libro de texto o una simple monografía), para cruzar el Atlántico siguiendo el camino del Sol y llegando a penetrar en ese universo estólido de los cócteles, de los noticiarios y la Televisión. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo se explica esto? ¿Existe verdaderamente un hecho histórico al que podamos denominar con toda propiedad “La Muerte de Dios”? ¿O acaso esta controversia que se ha levantado a propósito de esa frase sólo constituye uno de tantos no-sucesos de que es víctima nuestro tiempo?
No. La Muerte de Dios es algo que ha acontecido realmente. Además, diremos que ha ocurrido tanto para los que tenemos dioses como para los que no los tenemos: Para los indiferentes, cínicos y fanáticos. Para todos, Dios está muerto, sea cual sea el significado y alcance de esta expresión.
Escuchemos a Nietzsche:
“¿Habéis oído hablar de aquella anécdota en la que se cuenta que, en una radiante mañana, un loco encendió una linterna y se presentó en plena plaza gritando sin parar: ¡Estoy buscando a Dios! ¡Estoy buscando a Dios!?
Como entre los circunstantes había muchos que no creían en Dios, la salida del loco provocó la hilaridad general:
-¡Cómo! ¿Es que se ha perdido? -dijo uno.
-¿Es que se ha extraviado como un niño? -observó otro.
-¿O se ha escondido? ¿Nos tiene miedo? ¿Está haciendo algún crucero por alta mar? ¿Ha emigrado?
Así gritaba la gente entre risas y algazara. Entonces el demente saltó en medio del público, y atravesándolos con su mirada acerada, les dijo a voz en cuello:
-Conque ¿adónde se ha marchado Dios? Eso es lo que os quiero decir: Lo hemos matado entre todos: vosotros y yo. Todos somos sus asesinos.
“¿No llega hasta nuestro olfato el olor de la divina putrefacción? Pues, en efecto, hasta los dioses se pudren. Dios yace muerto. Dios sigue muerto. ¿Y quién le mató? ¡Nosotros! ¿Qué consuelo podemos encontrar nosotros, los más asesinos de todos los asesinos? ¿No os parece que la magnitud de este crimen desborda nuestras posibilidades? ¿No tendremos que convertirnos en dioses nosotros mismos, para parecer siquiera dignos de semejante hazaña? Es éste el mayor acontecimiento de la historia; y de resultas de él, todos cuantos nazcan después de nosotros pertenecen a una era muy superior a cuantas eras ha conocido la humanidad hasta ahora”.
Aquí se calló el loco, y volvió a clavar la vista en sus oyentes. Éstos, a su vez, guardaron silencio y le observaban sorprendidos. El loco arrojó su linterna al suelo con tal furia que se apagó y quedó hecha trizas. Y entonces dijo: “Llego con demasiado adelanto. Aún no están los tiempos maduros. Este acontecimiento tan prodigioso está aún en camino, aún sigue navegando por el océano de la historia…; aún no ha llegado a los oídos de los hombres…”.
Hasta aquí Nietzsche en “La Gaya Ciencia”. Por otra parte…,
En las ideologías religiosas tradicionales se acostumbraba a decir que Dios “desaparecía”, “se eclipsaba”, “se ausentaba” o “se callaba”.
Para algunos, este acontecimiento está cargado de terror, es una fuente de lágrimas y un inspirador de “réquiems”. En el pasaje citado anteriormente parece que Nietzsche refleja algo de ese terror cósmico. En cambio, para otros, este suceso es altamente liberador, un verdadero surtidor de gozo; un acontecimiento que no viene a retraernos de algo, sino a hacer posible nuevamente una cosa: en este caso, la fe cristiana. Desde otro punto de vista, también el mismo Nietzsche conoció la vibración de este gozo.
Porque, de hecho…,
Nos sentimos como envueltos en los celajes de una nueva aurora ante la noticia de que “ha muerto el Dios antiguo”; y nuestros corazones desde ahora han de rebosar gratitud, pasmo, presentimiento y expectación. Al fin parece que se nos abre una vez más el horizonte. Y aun concediendo que no es un horizonte precisamente brillante, por fin nuestras naves o nosotros mismos podemos cruzar el mar, “nuestro mar”. ¿Acaso existió alguna vez un mar tan abierto?
En este inmenso mar, en este considerable contexto, surge, en la década de los años sesenta del siglo pasado, la Teología de la Muerte de Dios con los teólogos de la Muerte de Dios, llamados también “Teotanatólogos”. Las figuras más representativas son:
-Dietrich Bonhoeffer, pastor luterano alemán, autor de obras como “El Precio de la Gracia” y “Resistencia y Sumisión”, un compendio de las cartas escritas desde su cautiverio. Bonhoeffer, al entronizarse el Nazismo y la cruz gamada en Alemania, él pudo huir a Suecia como hicieron otros, mas prefirió seguir junto a su grey. Los nazis lo apresron e internaron en un campo de concentración, acabando sus días en la cámara de gas y horno crematorio. No había sido un cagueta (como otros). Fiel a su grey, supo ser un valiente.
-William Hamilton había estudiado teología con el profesor Donald M. Baillie (en St. Andrews, Escocia). En 1953 fue nombrado profesor de Teología en la Universidad de Rochester (Nueva York). Creo que ha muerto hace unos meses, en Abril o Mayo de 2012. Dos de sus obras más importantes son: “Radical Theologie and the Death of God” y “The New Essence of Christianity”, obra esta escrita en colaboración con Thomas J. Altizer y van Buren, los tres representantes de la teología de la muerte de Dios.
-Otros teólogos de La Muerte de Dios, han sido Thomas Altizer, Paul van Buren, F. Gogarten, A.T. Robinson, H. Cox, K. Barth, Viker, etc. Quienes en la misma línea de Nietzsche, Hegel, Feuerbach y Sören Kierkegaard y bastantes más, no quieren decirnos que deseen la Muerte de Dios, pero sí se atreven a profetizar ser preciso que mueran ciertas formas de la Iglesia si queremos que Dios siga “viviendo” en el Mundo. Lo que ha de morir es esa Iglesia Cristiana de la Liturgia para que renazca la Iglesia Cristiana del AMOR
No olvidemos que Jesucristo ha sido el fundador de una Religión revelada. Yo no me atrevería a decir el Cristianismo. El Cristianismo, pienso yo, surge en la Historia como el resultado de dos concilios: Primer Concilio de Jerusalem, donde (además de otros muchos temas), el principal de todos ellos era conseguir una síntesis entre San Pedro y San Pablo. Entre Petrinismo y Paulinismo. Y después de la ingente labor llevada a cabo por la Patristica con el fin de elaborar los dogmas de esa nueva Religión, fue en el Concilio de Nicea donde no sólo se consagran los Dogmas, sino que además (cuestión ésta muy importante) se impone y establece la Intangibilidad de esos Dogmas cristianos.
Nos importa saber que la Religión Cristiana nunca lo tuvo ni tendrá fácil. Jesucristo vivió rodeado de enemigos. Y, al final, antes de encontrarse clavado en la Santa Cruz, después de haber sido traicionado por Judas, casi llegó a ser abandonado por todos sus discípulos.
Y termino:
¿Es el Cristianismo la única Religión verdadera? ¿Es correcto decir que no hay salvación fuera de las Iglesias Cristianas? Algo diremos en una próxima colaboración. César R. Docampo


































http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2012/12/02/momentos-teologia-muerte-dios-/ 2012-12-02T17:10:05Z César latabernadelosmares@yahoo.es

No hay comentarios:

Publicar un comentario