lunes, 15 de septiembre de 2014

INTERROGACIÓN OTOÑAL (92) EN EL DÍA DE NUESTROS FIELES DIFUNTOS: Vivimos sin darnos cuenta del “Más Allá”, excepto en casos concretos cuando algún familiar se nos muere, o en días muy señalados como por ejemplo éste: Día los Fieles Difuntos. Días en los que sustituimos la horizontalidad de la vida (trabajar, comer, dormir y pasarlo bien) por la verticalidad (transcendencia hacia todo lo sagrado o mágico), cayendo en la cuenta de que esta vida no es más que un camino hacia La Verdad. Parece que ya va siendo hora de que nos tranquilicemos ante las distintas experiencias sobre la muerte y aprendamos a situarnos con tranquilidad ante razones más austeras y más convincentes en nuestro encuentro con los hechos. Entendiendo que esta vida nos remite siempre a otra, siendo la primera el Viaje hacia Uno Mismo, viaje plagado de interrogaciones, algunas alegrías y algunos desesperos, camino hacia el Más Allá. Según sepamos resolver desde la intimidad de nuestra conciencia esos grandes interrogantes, así nos irá: Unos desde la serenidad de una fe completa, inspirada e iluminante. Otros, menos dichosos, en medio de la tempestad finita, en los brazos de una ansiedad a veces patética, sobre la búsqueda o indagación no pocas veces dolorosa. Porque… Cuando los hombres nos planteamos en nuestra intimidad el problema del destino, siempre aparece la muerte. Pero las cuestiones no se quedan ahí. Porque esa realidad de la futura muerte conduce, a su vez, al planteamiento del sentido de la vida. Es como si el hombre estuviese concebido para no morir y, a la vez, como si tampoco estuviésemos concebidos para limitarnos a este mundo. Es curioso que en la práctica totalidad de las culturas, y desde luego en todas las más civilizadas, exista y haya existido la idea de una vida después de la muerte, así como la existencia de un ser superior al que se le puede llamar genéricamente “Dios”. Y cabe pensar que se trata de algo connatural e instintivo, o bien de la única solución (incierta e imprecisa) al problema. Ahora bien; si dentro de las leyes de equilibrio que parecen regir la Naturaleza y el Universo entero, no puede existir sed sin que exista agua, ni hambre sin que exista alimento, o, lo que es lo mismo, tendencias sin objeto. Si la vida, como dijo Calderón de la Barca, fuese solamente un sueño…, La reflexión nos enseña a todos los hombres y en todas las edades, que este mundo, bien considerado, no sería más que una engañosa perspectiva, un fenómeno sin realidad, sólo apariencia. Pero… Desde los mitólogos orientales hasta los filósofos alemanes, pasando por Shakespeare, sin distinción de patria ni de época, todos han sido conscientes de que nuestros sentidos nos limitan y engañan; y, así, el hombre sólo es capaz de conocer una parte de lo que nos rodea: una banda muy reducida en cuanto a sonidos, colores que no son colores sino vibración de luz; estrellas que ya se extinguieron, debido a que por su lejanía nos llega ahora la luz que emitieron hace miles de años; todos sabemos que la Tierra es esférica, pero nuestros sentidos la presentan plana con toda evidencia. Luego lo que a nosotros se nos ofrece como Realidad, es una parte, una parte además engañosa de la realidad completa. ¿Es posible que nuestra vida sea algo así? ¿Es posible que vivamos como en un sueño, ajenos a la existencia de lo que resulta imperceptible, y que la muerte permita acceder a esa realidad más amplia y auténtica? Éste es el problema que expone A. Maurois en su obra “Nuevas paradojas del doctor O’Grady”, donde plantea el problema con estas palabras valiéndose de su ficticio psiquiatra: “Sí, todo el mundo muere para todo el mundo, pero cada cual no muere para sí. Yo sé lo que es la muerte de los demás. Decir que morirán significa que un buen día les veré rígidos e insensibles, o que, si no los veo, otros les verán y me asegurarán que están muertos. Pero yo, Aurelle, “yo” no me veré jamás en mi lecho de muerte, ni veré a nadie que me haya visto en él. ¿Qué me contesta a eso? ¿Qué sentiré cuando la vida huya de mí…? Quizás… pero no es seguro. ¿Se ha desmayado usted alguna vez? Sabe perfectamente que no lo sabe, como no sea por haberlo oído decir o por inducción. Sabe que ha dormido cuando se despierta. Pero ¿qué es un sueño sin despertar? Me dice usted que soy mortal. Es cierto, si me ve desde su lugar. Desde el mío, sólo puedo ser eterno. O, por lo menos, todo lo que me ocurre me lleva a creer que lo soy”. Jenofonte, en “La Ciropedia” (VIII, 7), al narrarnos la muerte del Rey Ciro, pone en su boca estas palabras: “Pensad también que no hay otra cosa más semejante a la muerte del hombre que el sueño”. Y es cierto que Sócrates, maestro de Jenofonte, definía a la muerte como “un sueño sin sueños“. Para finalizar, quiero hacerlo con las palabras que pronunció Ludwig Wittgenstein (figura crucial de la historia de la filosofía analítica, amigo y discípulo a B. Russell, sucesor de Moore en la cátedra de filosofía de Cambridge), palabras que pronunció en el último instante de su vida, antes de morir a causa de un cáncer de próstata. El arquitecto L. Wittgenstein por la universidad de Viena, antiguo compañero de pupitre de Hitler, que por las mañanas acudía a un hospital a cuidar enfermos, y por las tardes explicaba “Los límites de los sistemas formales axiomáticos” o “El problema de la matematización de lo real”, dentro de la ambigüedad y el carácter asistemático de muchas de sus formulaciones, antes de expirar, finalizó su postrer raciocinio en esta vida con las siguientes palabras: “Decidle a todos que mi vida ha sido maravillosa”. Ojalá, todos los que todavía estamos vivos, pudiéramos exclamar otro tanto. Es todo cuanto a todos ustedes les deseo, en este día para la MEMORIA de nuestros seres más queridos. “Memento homo quia pulvis es et in pulverim te reverteris”. ¡Aleluya! César R. Docampo http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2008/11/01/interrogacion-otonal-92-/ 2008-11-01T20:00:34Z César latabernadelosmares@yahoo.es

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