lunes, 22 de septiembre de 2014

CONOCER ANDALUCÍA.

CONOCER ANDALUCÍA.
KONRAD EBERHARDT


CRITIQUE DE CINÉMA-MEMBRE
DE LA SECTION POLONAISE
DE LA FIPRESCI
Paris 6, 46 Rue de Vangirard - Varsovia 25, Raclanicka 5/11

Ésta era la tarjeta de visita de Konrad Eberhardt, un periodista polaco al que Manu Leguineche y yo conocimos en el festival de cine de Valladolid en 1962 y nos lo trajimos a Madrid, a la casa donde vivíamos en la Calle Ferraz. Konrad Eberhardt no sabía español, nosotros no sabíamos polaco, nos entendíamos en francés. Konrad Eberhardt era en su país una figura del cinema, periodista y crítico de cine, muy ilustrado, pero de España no sabía más que dos cosas: Nombraba a Juan Goytisolo, y nos cantaba “Asturias patria querida…”, en polaco.
Celebrándose por aquellos días la "Semana de Cine Marroquí" en el edificio España, en la Plaza de España, Semana a la que asistió Konrad Eberhardt, la sesión de cierre estuvo presidida por Fraga Iribarne junto con el Director General de Cinematografía José María García Escudero.
Cuando Fraga se enteró de que entre los allí presentes había un periodista polaco miembro de la FIPRESCI, quiso conocerlo. Se lo presentaron y Fraga se lo llevó con él al Ministerio de Información y Turismo en “une grand voiture” (un “cochazo”), nos dijo Konrad Eberhardt al llegar a casa por la noche.
Ya en el Ministerio, Fraga le preguntó cuál era el mejor recuerdo que le gustaría llevarse de España, y Konrad Eberhardt dijo:
-¡Conocer A N D A L U C Í A!
Entonces don Manuel Fraga, que nunca se anduvo con chiquitas, además de obsequiarlo en aquel momento con un exuberante libro a todo color sobre España más un “souvenir” en oro, le extendió un talón para que, a través de la cadena Meliá, conociese y disfrutase de ANDALUCÍA. Veinte días todo gratis.
Y cuando regresó a Madrid después de “pasear” la Tierra de Mª. Santísima (recuerdo, parece que lo estoy viendo con su maleta chica apretada con los dos brazos contra el pecho), Konrad Eberhardt era otro. No sólo había engordado, es que venía exultante por haber conocido la región más bonita de Europa, nos dijo. Y añadió: Mirad, yo conozco Roma, Berlín, París, Viena, Oslo, Londres…; la ciudad más bonita del mundo es Granada.
Un año después, por Navidades, Konrad Eberhardt me escribía una carta en la que decía: “Sésar, bajo la retina de mis ojos, todavía guardo las bellísimas imágenes de la Alambra iluminada por las noches”. ------------------------------------------------










ANDALUCÍA, EL MITO DE LA FELICIDAD.
Cuando se dice que los asnos prefieren la basura al oro, y los hombres el oro a la basura, esto nos confirma que la auténtica naturaleza de las cosas suele estar oculta, y no sólo porque el mundo estrene cada mañana un nuevo sol, como decía Jenófanes.
Cuando Konrad Eberhardt le dijo a Fraga que el mejor recuerdo que le gustaría llevarse de España era conocer ANDALUCÍA, ¿qué quiso decir? ¿Qué esperaba encontrar en esta tierra? ¿Qué y quién habló valiéndose de los labios de Konrad Eberhardt? ¿Pudiera ser su inconsciente o acaso existan mitos ancestrales, esa huella de un pasado que se resiste a desaparecer?
“Era el atardecer cuando llegó el mensajero”, así comienza Demóstenes su discurso, el “Pro Corona”. Para los atenienses siempre atardecía allá lejos, sobre la vertical de Las Hespérides (España), en Andalucía. ¿Qué era o qué significaba por entonces Andalucía en el Oriente y en Atenas, cuna del saber occidental? ¿Es Andalucía un algo importante, quizás mistérico, o es tan sólo un cuento para hacer dormir a los ratones?
Yo no lo sé.
Sabemos que el hombre siempre ha imaginado sus aventuras y ha soñado siempre su bienestar. Esto explica que aquellos mercaderes fenicios, focenses, jonios y etruscos navegaran desde el siglo VII A.C., persiguiendo aquella soñada quimera de la riqueza occidental: Tartessos (“País de Tarschich”), una realidad específica; una ciudad o Estado o tal vez una confederación de pueblos (hoy Andalucía, no se sabe), sin historia, regidos por una monarquía de longevos Argantonios. Un país (según cuentan) fértil en toda clase de frutos, abundante en ganados, rico en oro, plata, estaño y hierro. El Oriente situaba en Occidente el mito de la felicidad, en especial a partir de aquel venturoso viaje de Kolaios de Samos. Si mil habían sido los caminos para llegar a Tartessos en Andalucía, el viaje de Konrad Eberhardt era el mil uno, en andas de la cadena hotelera Meliá.
Konrad Eberhardt, después de pasar Despeñaperros, comenzó a ver cielos más luminosos, montes en lejanía desgastados por las intemperies y el tiempo, y muchos pueblos por aquí y por allá con las puertas de sus casas orientadas al Sur. Iba contemplando suaves colinas y navetas, el reverdecer y la belleza de inmensos valles como si Dios le hubiera concedido a Andalucía envidiables pr
ivilegios.
Después, a lo largo de aquellos veinte días, visitaría mezquitas, alcazabas, catedrales, calle Sierpes y parque de María Luisa; el barrio de Santa Cruz, Archivo de Indias, la Torre del Oro y el palacio Las Cadenas de Jerez donde bailan los caballos andaluces. Conoció chancillerías, hospitales de peregrinos, la calle Larios de Málaga, el paseo de Los Curas a los pies de la Alcazaba y el Limonar.
Konrad Eberhardt no podía irse de España sin visitar Ronda, a la que le dicen ”La Ciudad de los Ensueños”, o también “La Bella Tapada”. Quizás porque Ronda, así como también Grazalema, habían sido escondrijos de bandoleros.
No sólo la plaza de Toros de la Real Maestranza, las murallas y Puertas de Almocábar y de Carlos V, La Puerta del Viento, la Iglesia Rupestre de la Virgen de la Cabeza, el museo arqueológico, los palacios de Mondragón, de los Condes de Santa Pola, del Marqués de Salvatierra; los Baños Árabes, el hotel Reina Victoria, la Alameda del Tajo y Plaza de España. Desde aquí, mirando al Este, Konrad Eberhardt divisó la Sierra de las Nieves donde se encuentra el punto más alto de toda la provincia de Málaga y donde nace el río Guadalevín, que va recogiendo aguas de otros arroyos (Arroyo Negro, Arroyo de las Culebras) que movieron los molinos del Tajo durante siglos, fustigando las paredes de su lecho en los embravecidos inviernos, llevándose más de una pena hasta desembocar con otro nombre (Río Guadiaro) cerca de Gibraltar.
Una noche llevaron a Konrad Eberhardt a una fiesta flamenca:
En las hondas zozobras de un cante jondo y el embrujo de unas palmas engatusando a esa “faraona” que se retuerce y duele dentro de sí, Konrad Eberhardt se turbó contemplando la peripecia de una gitana, casi niña, siendo embaucada hasta el último trance cuando se desgreña, se raja de piernas y alegóricamente ofrece su sexo a todos los presentes, en un grito final.
Después de haber visto tantos restos arqueológicos, más los vestigios de un subsuelo fenicio, romano, judío, visigodo o árabe, Konrad Eberhardt, disfrutó del privilegio de escuchar y poder hablar con la piedra sobre otras historias: historias sagradas y también humanas acerca de descubridores, abasíes, abderramanes y marqueses; sobre familias de abolengo, mecenas y vinateros. Eran reliquias sobre las que Andalucía, poco a poco, había ido cincelando un nuevo rostro o “malla” de modernidad, con nuevas calles y rúas sin aguas fecales, hermosas avenidas radiantes de palmeras, jardines y algún que otro edificio de metacrilato.
Esto había visto Konrad Eberhardt, pero sólo eso no era Andalucía.
Historiadores, economistas, sociólogos y también pintores (no digo políticos que sólo aciertan a emborronar la superficie), todos pintaban lo aparente, cuando Andalucía es mucho más que su estampa. Por cierto, las postales andaluzas se hacían en Zaragoza.
¿Qué vio Konrad Eberhardt en Andalucía para que a su regreso nos dijera “es la región más bonita de Europa”? Pues que no la vio entera, en todas sus estancias.
Por supuesto que no vio el paro, ni los problemas de infraestructura, ni la conflictividad laboral o el aguante y sufrimiento de unas gentes que todavía no vivían como debieran vivir. No vio las manos viriles, callosas y endurecidas de nuestros braceros. Tampoco a esos empresarios agrícolas que las pasaban canutas agobiados por los créditos o la mala comercialización. K. Eberhardt no se montó en un oxidado y viejo tractor, ni tampoco vio los tábanos aguijoneando a esa vieja yegua que ya no ara los campos. Ni conoció aquellos interminables caminos y recovecos construidos por las cabras, bandoleros y estraperlistas.
Quiso conocer Andalucía. Ganó algunos kilos. Disfrutó. En eso quedó todo. Mientras, en cualquier plaza de cualquier pueblo andaluz, todas las mañanas seguían acudiendo los obreros que habían madrugado no para pedir milagros, sino esperando a los manijeros que venían a ofertar y subastar trabajo. Los obreros habían cobrado en reales, más un pan con algo de aceite y tocino. Y sin más cuentos, aunque todos tuvieran la misma tierra bajo los pies, ya teníamos a la población y a los hombres divididos por el resentimiento y el dinero.
Para hablar de esa otra Andalucía que no había conocido un periodista polaco, haría falta -pensamos- la inspiración de los poetas. Y que nos ofrecieran el otro rostro, más allá de las castañuelas y de las danzas folklóricas, más allá de la pereza atávica, la dieta del gazpacho y el pescado frito.
César Rodríguez Docampo.

http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2012/01/24/conocer-andalucia-/ 2012-01-24T08:22:47Z César latabernadelosmares@yahoo.es

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