martes, 16 de septiembre de 2014

AQUELLOS BUENOS TIEMPOS DE ANTAÑO.


AQUELLOS BUENOS TIEMPOS DE ANTAÑO.
En esta pequeña España de don José Luis Rodríguez Zapatero, si hacemos caso a lo que dicen los periódicos, parece que lo estamos pasando REGULAR. Siempre el mito del dinero nos ha llevado a la aventura después de quebrantar otros muchos mitos por culpa del profundo malthusianismo que inspira la economía de mercado. Donde la mercancía (que es la verdadera riqueza), es considerada como lo enemigo, mientras que el dinero (término abstracto o simple derecho a consumir), es tomado por la propia riqueza. Un grave error. Hoy España vive una deflación tan explosiva como la del mayo de 1936. Pero yo pienso que sobre el precio de las cosas habría que tener más en cuenta a las amas de casa y no a esos expertos caballeros, que se dicen o llaman economistas, amiguetes de veredictos muy agresivos. Por consiguiente…, vistas las cosas así, les invito a hacer lo mismo que hacía Charles Chaplin: Colarse por entre las piernas del aquel grandulloso polizonte, darle una patada en el trasero y… dedicarnos a ¡SOÑAR! Miren ustedes: Hubo -dicen- una edad de oro. En casi todas las civilizaciones, más o menos expresada con claridad, se nos da la evocación de un pasado feliz. Se trataría de aquel paraíso perdido; donde el hombre antes de la caída, era un ser aventurado, dueño de su bienandanza. Época aquella sobre la cual ya nos hablaron los poetas y los sabios sumerios. Es el Satya Yuga de los hindúes; la edad citada por Kuang-tse en el siglo VI antes de Cristo, y también por Hesíodo, lo mismo que Ovidio y muchos más. Y, entonces, surgen las preguntas… ¿Por qué perdimos esa edad de oro? ¿Por un cataclismo? ¿Por efecto de una lenta degeneración de las condiciones humanas? ¿Se trata, tal vez, de algún castigo del Cielo contra los pecados de los hombres? En lo siglos XIX y XX ya hubo grandes crisis que periódicamente desvastaron la economía, hecho éste juzgado por algunos como si se tratara de una suerte de penitencia. Es el mito de la degeneración o de la longevidad perdida, mito que surge de cuando en cuando en las plumas de autores como Rousseau, Montaigne, Chateaubriand, Gobineau y algunos más. Todos ellos coinciden en decirnos que… Descendemos de nuestros antepasados, pero no ascendemos hacia ellos. ¿Se han fijado ustedes…? En todos los árboles genealógicos, nuestros antepasados aparecen en la parte alta. No hablemos de la decadencia de las costumbres que nos hacen sentir la nostalgia de una situación pasada. Y, entonces, todo progreso no deja de ser ruptura o desgarramiento. “Belle époque, grande époque”: Instante feliz en la larga existencia humana. Dos siglos: uno cerraba una larga seguridad; el otro nos proyectó hacia un cruel porvenir: La mayor crisis económica de la Historia (1929), dos guerras mundiales y el apocalipsis nazi. … … … Por esas benditas tierras de mi querida Galicia existe un mito al que llaman “Las vigas de oro y de alquitrán”. Se trata de una creencia muy vulgarizada. Quien hallare la primera quedará rico, pero si topara con la segunda, el fuego supondrá un gran desastre. Según cada pueblo, aldea o comarca, existen diversas versiones del mito. Y es curioso que, en otras partes se habla de una viga esmeraldina que atraviesa desde Roma hasta Toledo, una viga muy profunda, entre rocas y corrientes de agua caliente y aire violento, guardado por una serpiente, que nos recuerda a aquel tesoro del rey Nifling, en los Nibelungos, custodiado por el dragón Fafnir. Algún día, si viene a cuento, me gustaría exponer, los diversos mitos sobre el gigante guardador de tesoros (una especie de Gran Hermano, hoy EEUU). Y hablando de mitos con respecto al tema objeto de mi reflexión, para mí, el mito más omnímodo tiene un nombre: El mito del “Eterno retorno de todas las cosas”, que supone siempre el regreso a las fuentes y a una brillantísima renovación. Así nos lo exponen… Virgilio en “Las Bucólicas”. Y también Leconte de Lisle en “Las lágrimas del oso”, según aquella leyenda escandinava. Y más todavía Jean Ferrat en su obra “Qué Bella es La Montaña”. Alabando todos ellos, sin cesar, los méritos de la vida rústica, y el culto a los árboles contra los peligros del alma. Virgilio, como gran parte de nuestros naturistas, era un terciario que admiraba el mugido de los bueyes. Una preciosidad. Desde mi inolvidable PENSIÓN AVENIDA, César R. Docampo
http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2010/03/04/aquellos-buenos-tiempos-antano-/ 2010-03-04T09:29:09Z
César latabernadelosmares@yahoo.es

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