martes, 23 de septiembre de 2014

EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN ALEMANES. EN AUSWICHTZ...


EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN ALEMANES. EN "Auswichzt"... ...CIENTOS Y CIENTOS DE MILES DE JUDÍOS, MIENTRAS ERAN CONDUCIDOS A LAS CÁMARAS DE GAS Y LOS HORNOS CREMATORIOS, LLORANDO, SE PREGUNTABAN: ¿Dónde está Dios? ================================= PRIMERA PARTE: LOS FILÓSOFOS DE "La Muerte de Dios". _________________________ Respecto a la existencia de Dios, en Occidente, hay dos posicionamientos muy distintos: Quienes creen y quienes no creen. Es decir, hay “creyentes” e “incrédulos”. Los creyentes, a mi modo de ver, son seres negativos. No así los incrédulos. Las creencias tienden a encerrar a esa conciencia que profesa esas creencias en el estrecho círculo de una certeza definitiva. Ahora bien, la certeza no implica necesariamente a la Verdad. Se traduce muchas veces en la fe del carbonero. Así que pueden darse certezas, que se traducen en creencias cuya objetividad más allá de nuestra mente carece de contenido o es falsa. En cambio la “incredulidad” supone un estado mental que implica ausencia de Fe. Y así como las CREENCIAS inducen al hombre a replegarse sobre sí mismo, impidiéndole abrirse a los demás, la incredulidad en cambio nos hace ser extrovertidos, incluso a veces molestos con los demás, en la búsqueda de esa claridad que reconocemos no tener. Los creyentes “sufren” (o disfrutan de) la ilusión de tener acceso a lo Absoluto; la ilusión de sentirse centrados e instalados en el mismo corazón de La Verdad; la ilusión de haber encontrado la Salvación. Y no es así. Porque ése no es el camino. El camino es el diálogo entre unas y otras creencias, entre creyentes e incrédulos. Entre esas conciencias que conservan la capacidad de aventurarse; de contrastar en contacto con los demás; de arriesgar sus propias convicciones confrontándolas con otras convicciones diferentes; entre todas las conciencias que persisten en el deseo de que la Verdad sea una obra de todos, precisamente porque han comprendido que no habrá en este mundo un solo hombre verdadero mientras el hombre no llegue a ser el producto libre de todos los hombres aunados. Para evitar equívocos en la interpretación de este punto, convendría distinguir bien entre la intuición de una cosa no existente y el juicio expresivo de la no existencia de una cosa. No se trata de “desafiar” a nadie, ni de conquistar al “otro”. Lo importante es “saber llegar con él” a una comprensión mutua; saber capacitarnos mutuamente para elaborar un proyecto común. Y, de este modo, El mismo Dios (suponiendo que existe), tiene que esperar a que este mundo dé sentido al sentido que Él pretende darle… Pero…, ¿existe ese Dios? F. Nietzsche decía: “Dios ha muerto, y sus asesinos hemos sido nosotros”. Todos: Cristianos, agnósticos y ateos. ¡Asesinos chapuceros! … … … Aristóteles inicia su Metafísica con las siguientes palabras: “Pantes ánzropoi tou eidénai orégontai físei” (=Todos los hombres desean conocer por Naturaleza). Y por ahí anda un refrán que dice: En esta vida…, hay que “verlas venir”, “dejarlas pasar” y “matarlas callando”. Pues no. Si Dios nos ha dotado de una Razón, cuando esta misma Razón no comprende, tendrá derecho a reclamar o a indignarse, según los casos. Porque no basta con estar al día. Conviene saber estar con los tiempos. Vivimos en Occidente, en el “Ocaso de Occidente”, diría Ortega. Por mi zigzagueante formación académica, cada vez voy siendo más consciente de que hay otras SABIDURÍAS que se acabaron donde comenzaba Occidente y ahora vuelven a renacer cuando Occidente está feneciendo. Si en todas partes y en todos los tiempos siempre hay que resolver problemas muy serios, voy a fijarme solamente en dos: Nuestra Prosperidad. Y saber llegar a Dios. La “Prosperidad” no consiste simplemente en tener dinero. La verdadera prosperidad es tener sensación de abundancia, porque tienes el derecho a vivir una vida abundante ya que eres hijo de un Padre y una Madre que te aman y que quieren darte todas sus riquezas. Así se piensa en Occidente. En el Oriente, en cambio, existe otra escala de valores. La sabiduría y la felicidad de las gentes orientales se asienta en la Salud (por supuesto), pero más aún en la paz, alegría, en la fe y en la esperanza. En Oriente, las gentes saben estar en sintonía con el flujo del Universo; saben ser capaces de aceptar la abundancia de Dios. Saben acceder hasta el corazón de la Totalidad de lo Real donde la Realidad Omnímoda es Dios. No ese Dios exclusivo de los cristianos. Todavía se dice por ahí que, fuera de la Iglesia Católica, no hay Salvación. Y yo pienso que tal barbaridad sólo podría ser formulada por aquel que dicen que asó la manteca. La cultura occidental cristiana no conoce más que al Dios de la Biblia. Un Dios mayestático, cuyo Hijo se hizo hombre en la Tierra; nació en Belén y un día fue crucificado en una Cruz. De esto y así les hablaba San Pablo a los atenienses desde la colina de la Acrópolis, hasta que un día algunos de sus oyentes, levantado las manos, le soltaron al apóstol: “Mira, Pablo, de esto te escucharemos mañana; de esto, háblanos otro día”. Como aquel que dice: ¡Vamos a ver, Pablo, no nos vengas con chorradas! ¡Cómo va ser que un Dios nazca en una cueva y muera crucificado entre dos ladrones! ¡Tú estás majara o qué! Es que el Cristianismo siempre ha ofrecido al mundo el rostro de un dios “occidental”, en el ocaso; un Dios excesivamente antropomórfico. De ahí a “La Muerte de Dios”, preconizada por Nietzsche, restaba un paso. Ese paso lo dio la Revolución Francesa que puso fin al antiguo régimen. La Revolución más irracional en nombre de la diosa Razón. Bandas armadas invadiendo las Tullerías; los guardias reales, desarmados y arrollados por el populacho que se amotina y asalta la Bastilla (antigua fortaleza que servía de prisión al Estado), dando muerte a su gobernador porque se había negado a darles el armamento que se le pedía, aquel 14 de julio de 1789, y un Rey, Luis XVI, investido soberano por la gracia de Dios que en vez de reprimir la revuelta, rehúsa empeñarse en una lucha sangrienta contra sus súbditos y aquella noche del 14/07/1789, antes de acostarse, escribe en su diario: “Rien” (Nada). En su Reino aquel día, según Luis XVI, no había acontecido absolutamente nada. Pero…, el 21 de Enero de 1793 muere en la guillotina. La agitación popular, desde la toma de la Bastilla no había cesado de saquear comercios y fábricas perturbándolo todo, y había un periódico con título muy curioso: “El Amigo del Pueblo”. El Amigo del Pueblo amanecía todas las mañanas en los kioscos exigiendo que se cortaran cabezas: mil, dos mil, cinco mil, diez mil, quince mil… Y todas las guillotinas cumplían su obligación a instancias de quienes movían todos los hilos por detrás: Robespierre, Marat, Danton, Camille Desmoulins, etc. Hasta que surgió Napoleón y acabó con los derramamientos de sangre, bajo la pena de fusilamiento. La Revolución Francesa había injertado en el mundo el “ateísmo político”. Aquel Rey, padre del pueblo y representante de Dios, ya no tiene nada que hacer en una república donde todos los hombres son iguales; república que se basa en una fraternidad sin padre. Al que han cortado el cuello. Luego… “Dios ha muerto” es la consecuencia de la muerte del Rey. Cuando Nietzsche afirma “Dios ha muerto”, no es que afirme la muerte de Dios, sino que, haciendo de notario, levanta acta para dejar constancia de que ha encontrado a Dios muerto en la conciencia de su época. Como consecuencia de tales ideas, en Nietzsche surge una crítica frente a la moral platónico-judeo-cristiana. Una moral “contranatural”, que va dirigida contra los instintos inocentes de la Vida. “La Vida acaba -dice Nietzsche- donde da comienzo el Reino de Dios”. A eso le llama Nietzsche “El complot del Cristianismo”. El Cristianismo no es sino “una metafísica del verdugo”. Ideas éstas que F. Nietzsche expone el “Crepúsculo de los Ïdolos”. Le sigue el Romanticismo del siglo XIX quien perfila nuevas perspectivas emblematizando la LIBERTAD. El hombre no puede soportar ya sus propios límites e intenta apoderarse de lo Absoluto. La negación y muerte de Dios había sido el preludio de la autodivinización del hombre: “Homo homini Deus” (“El hombre es un dios para el hombre”). Lema éste que sublima la personalidad humana tapándole la boca a Thomas Hobbes, autor de la expresión “Homo homini Lupus” (“El hombre es un lobo para el hombre”). Feüerbach nos habla del Dios del Cristianismo transcendente, como quien nos habla de un vampiro que se alimenta de la sangre del hombre infeliz alienado. El Positivismo de Augusto Comte reduce la Religión y la metafísica a fábulas propias de la fase infantil de la humanidad. Y a la “Religión de la humanidad”, la convierte Comte en una filosofía atea de la inmanencia. Desde una lógica de tradición luterana, además de Nietzsche y Hegel, está claro el énfasis sobre la muerte de Dios en muchos otros filósofos. Hegel fue el último filósofo en señalar que la muerte de Dios en Jesús había sido un aspecto de la humanidad de Dios. El grito “Dios mismo ha muerto” procede de un himno luterano, tan clásico que el mismo J. S. Bach lo armonizó; y Brahms lo convirtió en tema de un preludio para órgano: “O Traurigkeit, O Herzeleid” (= “¡Oh tristeza! ¡Oh pena del corazón!”). Pero fue Nietzsche quien sencillamente consiguió invertir la lógica de la tradición paulina, considerando que, con la peripecia de Cristo en el calvario, Dios no sólo estaba en el banquillo, sino que había sido condenado y ejecutado. Simone de Beauvoir, la "querida" de Jean Paul Sartre, acostumbraba a decir: "Prefiero no "creer" en Dios a creer en Él y hacerlo responsable de todas las guerras, pestes y holocaustos de la historia de este mundo". César R. Docampo http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2012/11/26/en-campos-concentracion-alemanes-auswichzt-/ 2012-11-26T09:54:44Z César latabernadelosmares@yahoo.es

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