viernes, 24 de marzo de 2017

RECODANDO A MIÑA TERRA: G A L I C I A

RECODANDO A MIÑA TERRA:
G A L I C I A


Abandonar "a miña terra", Galicia... supuso echar de menos los almiares y los hórreos; aquel particular mundo hecho de verde y de barrizal que iba sucumbiendo ante el avance de la civilización uniformadora y mecánica. Atrás quedaban las romerías con empanada y gaita, y también las procesiones del santiño que toca con viejos endomingados con el paraguas colgado del cuello de la camisa o del bolsillo del pañuelo. Es la Galicia donde subsiste el saludo a cinco pasos
Pero no todo es miel sobre hojuelas. Los acostumbrados al Sol encontrarán la lluvia y el cielo encapotado y los enamorados de la lluvia no serán comprendidos, los que busquen Irlanda encontrarán Sicilia, y los que busquen "primitivismo" se encontrarán mucho siglo XXI.
Sin embargo, a estas alturas aún sorprenden ciertos rasgos difíciles de erradicar, como el sentido de las fiestas. Parece mentira que en un mundo de estirpe judeocristiana, justamente en una de los más potentes feudos del Vaticano (para mover Roma con Santiago) a veces la moral sea así de relajada, es como si la confianza de los jerarcas no se viera inquietada por la brisa pagana que lo envuelve todo. Ya se quejó en su tiempo san Martín Dumiense, y es como si su labor se hubiera quedado a medias, y menos mal. Un buen recorrido por Galicia es de romería en verbena. Todas tienen su banda de pasodobles y grupillos pachangueros a base de "baffles" desmelenados.
Podemos encontrar distintas Galicias, no únicamente la marítima y la terrestre, sino también la montañosa, la ciudadana, la atrasada y la olvidada por todos, la exterior y la del exilio interior. Las ciudades grandes del Reino (Vigo y La Coruña).
La Galicia montañosa es la más solitaria (tiene un crecimiento demográfico negativo), no es una alta montaña cubierta de nieves eternas ni bosques de hayas (que, por cierto, es un árbol muy raro en Galicia), es la parte más desconocida, si exceptuamos la fama que adquirió la serra dos Ancares, y la más impenetrable.
Conocidos son los gallegos "mariñeiros" que se disputan la fama con los vascos, los noruegos, los feroeses y los isleños. La costa es la zona más fervorosa, más colorista y más flolclórica. Los rostros de sus paisanos parten, desde las oscuras mejillas pobladas de negras barbas cerca de los ojos, y llegan a blancos rostros de ojos verdes y pelo claro. Se dice de ellos que son muy solidarios entre sí, pero que al mismo tiempo son gentes de poco fiar.
Con los veranos coincide el mejor clima con las visitas a las islas Cíes, Ons, etc.) Lo suyo es ir en los días de mala mar y quedarse aislados una semanita entera, y así disfrutar de un paraíso lleno de gaviotas, araos, cormoranes y otras aves pescadoras.
Decían los cronistas romanos que siguieron el avance de Décimo Junio Bruto, que una gran terror se apoderó de sus hueses cuando habían de cruzar el río Lethes, puesto que entre los indígenas galaicos existía la creencia según la cual todo humano que atravesase sus aguas en llegando a la orilla,más allá, se olvidaría de todo, incluso del Universo.
Os parecerá increíble que más de dos millones de personas habiten
en un país que se olvidó del mundo ( y del que también el mundo se olvidó). Nos queda la saudade, la morriña, los almiares y los hóreos en los prados junto a nuestras casitas
.

César R. Docampo, catedrático de Filosofía y Periodista por la antigua Escuela de Madrid.

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