viernes, 24 de marzo de 2017

MIS RAZONES PARA NO SER RELATIVISTA:

MIS RAZONES PARA NO SER RELATIVISTA:

Un doctrina filosófica puede llegar a ser aceptable por dos sendas distintas: Porque logra expresar satisfactoriamente intuiciones que se poseían antes de elaborarla o porque persuade para tener intuiciones nuevas capaces de encajar con ella.
El Relativismo, tal como en este panfleto se ha venido entendiendo, ha recorrido primero un camino y luego otro. Surgió para esclarecer intuiciones morales y epistémicas que muchas gentes fueron adquiriendo en Europa y América en lo siglos que median entre la destrucción de las Indias y la popularización de los trabajos de los antropólogos sociales.
Esta intuición epistémica es la de que los animales humanos creen cosas distintas -y a menudo llamativamente enfrentadas- según sus costumbres, su medio físico, maneras de vivir y condiciones materiales de vida. La intuición moral, por su parte, es que deben respetarse modos de vida y sistemas de creencias extraños al de uno, bien sea porque no queda más remedio que hacerlo, bien porque uno se enriquece respetándolos y aprendiendo de ellos.
El relativismo cultural, o doctrina según la cual las creencias y valores humanos están determinados por la cultura a que se pertenece y no cabe la mudanza racional de esas creencias y valores de una cultura a otra, fue una reconstrucción muy afortunada de esas intuiciones (afortunada, al menos, en el sentido de que le acompañó más fuerte de la que merecía). El relativismo ha gozado de un éxito social y cultural avasallador; eso no tiene nada de extraño, porque las intuiciones que venía a organizar eran muy poderosas y muchos de quienes las poseen no conocen mejores teorías para dar cuenta de ellas.
Pero las doctrinas relativistas no se han limitado a reconstruir intuiciones preexistentes a ellas. Han contribuido poderosamente a crear otras nuevas. Por obra del Relativismo, muchas gentes se han acostumbrado a pensar, como si fuera la cosa más natural, que ciertos cambios de creencias no pueden llevarse a cabo y hay que desistir de intentarlos, y han olvidado que esto es tan sólo lo que sostiene una doctrina particular.
Y, así, hemos incorporado el relativismo a los supuestos de su acción con tanto arraigo que su creencia es implícita y pasa fácilmente inadvertida. Incluso hemos llegado a creer, además, no ya que uno tiene que retraerse de intentar mudar las creencias de otros, sino también que los otros no deben -y en rigor no pueden tampoco- alterar las de uno. Y esto último no es tanto una creencia implícita cuanto una exigencia firmemente arraigada en lo que muchas personas pensamos de manera espontánea que debe exigirse.
El Relativismo pretendió recoger en conceptos un clima mental de respeto y aprecio por lo diferente y ha acabado propiciando otro de encastillamiento en lo pretendidamente propio.
Y así, la intuición de que partía es incompatible con la que ha llegado a producir, y mientras la primera era saludable, la segunda es mostrenca y enbrutecedora.

César R. Docampo, catedrático de Filosofía y Periodista

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